En diciembre de 1970, el canciller de Alemania Occidental, Willy Brandt, firmó un acuerdo reconociendo la línea fronteriza Alemania-Polonia durante su visita a Varsovia, donde colocó arreglos florales en la Tumba del Soldado Desconocido y en el Monumento a los Héroes del Ghetto. En este último lugar permaneció unos momentos en silencio para luego caer de rodillas con la cabeza gacha. Fue un espontáneo gesto que la gente hace cuando las palabras fallan –explicó Brandt–, además de honrar de esa manera la memoria de millones de personas que fueron asesinadas. El gesto mostró al canciller alemán como un político que estableció un criterio moral más allá de las fronteras de su propio país. En Polonia, la dictadura fue derrotada en las urnas y fue el primer país comunista en ganar la libertad de decidir sobre su propio destino desfalsificando su pasado: las heridas históricas solo pueden sanarse en un clima de libre debate, donde cada uno puede gritar sus propias equivocaciones, dolores y sufrimientos. La historia –verdadera maestra de la vida– enseña que la vida es una persistente lucha hacia la verdad. La experiencia de siglos pasados nos muestra que el conocimiento de la historia es un elemento irremovible de la memoria e identidad nacional, porque sin un sentido de su propia historia las naciones se degeneran y casi siempre desaparecen. De allí la importancia de tener siempre presente que el nues-tro es un país de inmigrantes, hecho –y continua haciéndo-se– por inmigrantes.

En ese contexto, hoy recordamos,  también, el primer año de la visita del papa Francisco a nuestra ciudad capital, a Washington, DC, donde su presencia y mensaje dejaron una huella indeleble en el corazón de nuestra comunidad y cuya imagen, ayer como hoy, sigue siendo un vivo recuerdo de fe y esperanza, sobre todo, en nuestros jóvenes quienes viven la vida con pasión y energía. En la vitalidad de los jóvenes depositó su confianza de que las cosas pueden cambiar, de que sus sueños pueden ser una realidad, de que sus cuestionamientos son un acicate que fustiga el status quo, una manera de que las cosas sean diferentes, una manera de rebelarse contra el conformis-mo, una arenga a la acción y no al ‘quietismo’ porque la juventud está hecha para el heroísmo y para trascender.

En nuestra cotidianeidad, su constante ‘presencia’ nos recuerda –cuando hablamos de la familia inmigrante– que “un corazón misericordioso sabe ser refugio para los que nunca tuvieron casa o la han perdido, sabe construir un ambiente de hogar y familia para aquellos que han tenido que emigrar, sabe de ternura y compasión. Un corazón mise-ricordioso, sabe compartir el pan con el que tiene hambre, un corazón misericordioso se abre para recibir al prófugo y al migrante”.  ¿Por qué? Porque hablar de misericordia es hablar de oportunidad, hablar del mañana es hablar de compromiso, vale decir, confianza, apertura, hospitalidad, compasión, en suma, hablar de sueños. Por eso    preocupa ver a jóvenes que ‘tiran la toalla’ antes de empezar a jugar y están ‘entregados’ sin siquiera haber comenzado a jugar. Es importante, pues, ‘ayudarnos unos a otros porque no queremos      dejarnos robar lo mejor de nosotros mismos, que nos roben la alegría y  los sueños con falsas ilusiones’. Mas, es ‘difícil soñar alto, es difícil salir y estar siempre en salida, las múltiples ocupaciones nos hacen ser activos, dispersos, constantemente yendo de acá para allá; pero también solemos quedarmos pensativos, en escucha, ante un buen paisaje’. Esa sensación se da solo cuando dejamos entrar a Jesucristo en el corazón de cada uno de nosotros, en nuestras preocupaciones, en nuestro andar acelerado.