Un gran amigo, el más leal y jovial, partió   inesperadamente el pasado domingo a las 4:30 de la tarde, dejando una gran tristeza y un inmenso vacío en el corazón de todos los que lo conocimos. Era un ‘niño’ con un espíritu juguetón y mirada intensa e inquisitiva cuando se comunicaba y for-zaba el ‘diálogo’ con su tozuda y persistente mirada. Hacía gala de una paciencia proverbial que llamaba y ga-naba la atención de los que estaban a su alrededor, para muchos un ‘actor’ sin igual, digno de un Óscar. Era el compañero ideal e incondicional en los momentos de soledad, compañía sin par, que llenaba los vacíos de la melancolía y la ausencia de seres queridos. Era pequeño, pero con un corazón gigante que abrazaba a todos los que lo conocieron y a quienes encandilaba con su carácter vivaz y exhuberante. Solíamos ‘leer’ juntos por horas, los fines de semana, sin que el tiempo ni lo mundano nos importunara, salvo cuando fijaba intensamente la vista para interrumpir a ‘viva voz’ nuestra ‘silenciosa lectura’ para recordarme, iterativamente, lo vital de sus paseos por el vecindario del que se sentía dueño y señor. Era impositivo cuando se lo proponía, una imposición afectuosa porque tenía la plena certeza de que su hogar era su reino y se sentía con derechos, por su cariñosa presencia y entrega enteriza, a marcar su propio espacio, tiempo y necesidades.
Es difícil encontrar las pa-labras justas para describir su súbita partida porque su pre-sencia sigue siendo omnipresente en todos los rincones de su hogar y vecindario. La imagen expectante de su ‘rostro’,  esperando siempre y observando fijamente a través de la ventana la llegada de su familia, era un signo inequívoco de que su mayor alegría era ‘abrazar’ a sus más caros amigos, un sentimiento mutuo.  Era alegre, divertido y lleno de vida, le encantaba jugar al fútbol y no había pelota que le resistiera más allá de dos o tres días por su ímpetu y pasión por su deporte favorito. Cuando llegaban sus ‘amigos’ y ‘amigotes’, que eran muchos, se autode-signaba un tácito liderazgo como ‘jefe de la banda’. Como buen trasnochador, era el último en abandonar las reuniones a pesar del cansancio que vencía a sus ojos bri-llantes. Era infaltable en las celebraciones en torno a una mesa. Su única debilidad: las comidas. Su personalidad, de carácter indomable y espíritu amiguero, lo hacían único por la alegría que exultaba y compartía sin cortapisas con todos los que lo conocieron.
Callar su nombre sería ausentarse y negarse a compartir la tristeza. Solo hablando de su desaparición y en su nombre podemos conservarlo en vida en nuestra memoria y corazones.  El duelo comienza antes que la desaparición, en la amistad, y, como este caso, antes que la amistad propiamente dicha. De dos entrañables amigos, inevitablemente, uno tiene que irse antes que el otro. Esa es la ley de la amistad que los amigos debemos aceptar. Tener un amigo, mirarle, seguirle y admirarle como amigo, consiste en saber de una manera intensa, y afligida por adelantado, siempre insistente, y cada vez más presente, que uno de los dos fatalmente verá morir al otro. No hay esa amistad sin ese conocimiento de la finitud.  Su nombre le sobrevive ya.  Su desaparición es única y nos conmueve como la primera. Solo espero, de corazón, que hagas compañía y le regales tu inmensa alegría por la vida, como lo hiciste con nosotros, a un amado y siempre recordado amigo que hace un cuarto de siglo nos dejó.  ¡Requiéscat in pace Sherlock!