La reciente imagen de solidaridad –en defensa de los refugiados y los perseguidos– de los líderes de las diversas comunidades religiosas del área metropolitana fue un hermoso cuadro del alma común, que no tiene un color particular (ver pág. 4), una reafirmación de la hermandad universal donde todos somos ‘de muchos uno’, principio fundacional de nuestra nación. La voz de la fe, voz del amor que trae consigo lo mejor de nuestras comunidades, es el mejor reflejo de quiénes somos como nación y como personas. Así como nadie discute la necesidad de la seguridad de nuestra nación, tampoco se puede soslayar la necesidad de dar la bienvenida a todos los que son perseguidos, sin hacer distingo alguno, porque ‘el vecino es un regalo divino’. Mas, ¿quién es mi vecino?  Es una persona que tiene un sueño como cada uno de nosotros y, en el caso de los inmigrantes y refugiados es el rostro más claro de la globalización, donde todos somos una sola familia humana: piedra angular del Evangelio. La parábola del buen samaritano (Lc. 10:29) es una admirable lección de asistencia al prójimo, al ser humano, al otro. Aprehender esa lección implica ver la realidad, el rostro de las familias que sufren a la espera de que se les haga justicia. No podemos seguir teniendo una doble sociedad: una invisible y otra visible. La humanidad es la única nación real.
Es imperativo unir nuestras voces en defensa de la dignidad porque hoy la ignorancia está siendo inflamada por no estar informados e involucrados por lo que sucede con los refugiados y los perseguidos. La orden ejecutiva que singulariza a un credo religioso es una afrenta al sentido común, a la Constitución y a la decencia humana. En respuesta al pánico creado por los inventores      inexpertos de un estricto control migratorio hay que asegurar a la comunidad musulmana estadounidense que no están solos y que ellos enfrentan el presente reto junto con nosotros, decirles que sus comunidades son nuestra fortaleza, no nuestras debilidades. No debemos dejar que lo sucedido deteriore nuestras relaciones o permitir que les aislen y estigmaticen. Las autoridades necesitan su confianza y cooperación y no hacerse eco de una minoría radicalizada, cuando cunde la búsqueda de chivos expiatorios y la intimidación. No hay nada sabio –desde una pers-pectiva de seguridad– en aislar y estigmatizar a ciudadanos estadounidenses de cualquier fe o herencia cultural.
La historia enseña que hay un gran peligro cuando nos movemos de un orden establecido a otro sistema que no tenga en consideración la dignidad humana. Los frenos desaparecen para dejar el espacio a los reclamos estridentes de los más implacables protagonistas. En esta coyuntura, el cinismo no es una política. Ni tampoco la ironía. No olvidemos, por ejemplo, que el movimiento de derechos civiles consiguió resultados no solo porque los activistas marcharon en las calles, sino también porque marcharon y resistieron en los salones de clases, en las juntas de reuniones de los condados, en las escuelas de leyes y en las urnas en las elecciones, donde el optimismo es un deber ante un futuro al que todos contribuimos a determinarlo por lo que hacemos.