El fútbol, un deporte universal como ningúno otro, es una mímesis del carácter y comportamiento de las personas. Pruebas al canto, el clásico de la liga española, Real Madrid vs. Barcelona, terminó empatado a un gol por bando, el pasado fin de semana. Lo que vimos en la cancha de juego y escuchamos los comentarios al final del encuentro es otra canción. El resultado fue ‘injusto’ para el Barcelona, dijeron algunos porque el Real Madrid empató el partido en el último minuto con un preciso gol de cabeza de Sergio Ramos, a lo que ya nos tiene acostumbrados. Suerte o no, la verdad que poco importa a la luz del  inapelable resultado. Mas, algunos comentaristas y jugadores insisten en explicar que la suerte jugó un papel dirimente.  Lo cierto es que un partido de fútbol se juega los 90 minutos y exige de facto no perder la concentración en el desarrollo del mismo, más aún cuando hay contrarios que gracias a su habilidad y talento son desequilibrantes y pueden definir un partido en el ‘último minuto’. Ergo, no hay tal ‘suerte’ si uno no entra en la cancha de juego mentalizado y concentrado. Al final de cuentas, poco o nada valdrán las excusas para justificar un resultado negativo. Jugadores, técnicos o comentaristas suelen decir que un equipo equis mereció mejor suerte por lo demostrado en la cancha o por haber tenido más tiempo la posesión de la pelota que, sin embargo, no se tradujo en goles. La posesión del balón es importante en un esquema táctico que siempre contempla marcar goles para triunfar. Eso va también para los descorazonados hinchas cuando dicen que su equipo jugó mejor y no ‘mereció perder’ o los que se  autoengañan cuando dicen ‘juga-mos como nunca, pero perdimos como siempre’.
Otro lado del poliedro futbo-lístico es la preparación física y la juventud de los jugadores. El fútbol es exigente y requiere un excelente estado físico y buenos reflejos que, por lo general, van siempre apareados con la juventud. Enfrentar a un equipo joven y concentrado con una mayoría de jugadores baquea-nos y experimentados no garantiza una victoria, sino, la mayo-ría de las veces, un resultado embarazoso cuando las piernas empiezan a flaquear por el intenso trajín. Esa es quizá también una de las razones por la que el Barcelona FC flaqueó     en el ‘último minuto’ frente a un equipo que en su mayoría contaba con jugadores veinteañeros, hambrientos de éxito y concentrados hasta el ‘último segundo’. El tiempo es inflexible y tarde o temprano pasa la factura. Equipos campeones, en su momento, que no hacen el recambio oportuno con la pre-sencia de jóvenes talentos se condenan a sufrir humillaciones inapelables contra equipos noveles. El tiempo y la experiencia dicen: envejecer      es obligatorio, madurar es opcional. Madurar entendido como la capacidad de adaptarse a los cambios y a las exigencias de las coyunturas y contextos, que en el caso del fútbol es una ecuación con pocas variables.
Otra arista importante del poliedro es el esquema táctico con el que se sale a enfrentar al rival que, dicho sea de paso, no todos son iguales, cada uno tiene una personalidad y estilo de juego propio. De nada sirve tener una constelación de estrellas que no engranan en un propósito táctico. La improvisación de los jugadores talentosos es inapelable, mas poco efectivo si ese talento no se integra a una selección que juegue como un reloj: en equipo. Al gramado saltan once contra once. Y no hay equipo chico cuando se tiene un esquema táctico efectivo. En suma, como en el fútbol, dejemos de lado las excusas y la improvisación para dar paso a las enseñanzas de la experiencia y el trabajo duro que nos ayuden a madurar y a adaptarnos a las exigencias de los tiempos sin perder de vista el propósito de nuestras responsabilidades.