Aprendemos mucho de la historia si ‘leemos’ o ‘escuchamos’ con la diligencia suficiente que nos conmine a una serena e introspectiva reflexión. Por eso, el pasado –como los textos antiguos– tiene una extraordinaria inmediatez cuando aprehendemos de ellos o, en última instancia, cuando enfrentamos nuestra propia mortalidad: la muerte como el gran igualador. Esa transformación, por lo general, no es gratuita e implica una gran curiosidad inquisitiva y mucha humildad para enmendar y cambiar.  

Solemos creer que vivimos en un mundo que ha dejado atrás su pasado violento, porque creemos que el tiempo se mueve hacia adelante y que el arco de la historia se inclina hacia la justicia. Craso error. La violenta faceta de la semblanza humana está a flor de piel, siempre al acecho de salir a la superficie al menor de nuestros descuidos e indiferencia frente a lo que acontece a nuestro alrededor.

En ese contexto, nuestro compromiso o proyecto de justicia es lograr para los que no tienen voz o representación, como es el caso de los 800 mil jóvenes ‘soñadores’, un espacio digno que les brinde la oportunidad de poder desarrollarse en paz al margen de la ‘violencia’ del limbo legal y la incertidumbre cotidiana al que están sometidos. En el pasado, hemos sido capaces de ‘inventar’ mecanismos que hicieron posible cultivar ese ambiente de paz y convivencia a través del diálogo y el compromiso que permitieron dar paso a deberes y derechos inherentes a todo ser humano, principios que no nacieron por generación espontánea de la noche a la mañana. Aparecieron de a poco, aquí y allá, gracias al compromiso y la buena fe de encontrar soluciones justas a los retos de nuestro tiempo. Cada generación tiene un tema propio que la diferencia una de otra, tema o retos que la conmina a inventar mecanismos que les permita dar seguridad y felicidad a las futuras generaciones.

Nuestra responsabilidad, hoy, es mantenar vivo para las futuras generaciones los mecanismos que incidan en la paz y la protección de nuestras libertades, insistiendo con mucho fervor en la imperativa necesidad de educarnos y participar en la vida cívica nacional. Vale decir, nuestro compromiso con la educación debe ser enterizo, razón de más para no abandonar a su suerte a los cerca de 800 mil ‘soñadores’ que –a pesar de estar en la estacada– mantienen vivo el sueño y la esperanza de tener la oportunidad de poder seguir educándose, preocupación por la educación que tiene su expresión más genuina en la enseñanza que se da a través del ejemplo. 

El futuro se presenta incierto para los jóvenes ‘soñadores’, mas en la medida en que caminemos juntos podremos afrontar los retos de hoy con la certeza y la seguridad de nuestros principios, sin olvidar que la mejor manera de ser libres es asegurando la libertad de los demás y la mejor manera de hacerlo es compartiendo nuestros principios y valores, nuestra fe y esperanza, porque la mejor  manera de asegurar nuestra esperanza es creando esperanza para los demás, especialmente para esos 800 mil jóvenes luchadores. La ola anti inmigrante que asola el país es un hecho factual de que no se celebra la diversidad a pesar de ser la piedra angular de la sociedad norteamericana, de allí la imperativa necesidad de organizarnos si queremos tener presencia y ser escuchados.