La solidaridad de nuestra comunidad con los damnificados del edificio de apartamentos, en Silver Spring, que fue destruido totalmente por las llamas, la madrugada del 11 de agosto, se materializó de inmediato en donaciones de ropa, alimentos, víveres y una recaudación relámpago de más de cien mil dólares en una radiotón. Caridades Católicas y la Cruz Roja fueron los primeros en acudir al auxilio de los afectados por el siniestro, al igual que el movimiento de Renovación Carismática, Radio América, Casa de Maryland y empresa-rios. Mas, sin ir en detrimento de la generosidad de los demás, un particular  ‘rostro’ no pasó desapercibido por la inmensa proporcionalidad y significado de su entrega. Modestos trabajadores y gente humilde se hicieron también presentes para hacer entrega de sus donaciones, dentro de sus posibilidades, a pesar de sus precarias situaciones. Una sencilla, pero profunda lección de entrega y amor desinteresado –sin mucha alharaca– por la comunidad a la que pertenecen sin distingo de escalafones o estratos sociales. Ejemplos que distinguen y dan sentido de pertenencia a una vasta comunidad inmigrante como las familias salvadoreñas y guatemaltecas, quienes fueron las más afectadas por la destrucción de sus hogares por el voraz incendio, aun en investigación, que dejó, a la fecha, un lamentable saldo de siete muertos.
Los sobrevivientes, que en gran parte son parroquianos de las iglesias católicas de San Camilo y San Miguel Arcángel, son personas de fe que dieron gracias a Dios por volver a ‘regalarles la vida’ y por el ‘milagro’ de haber podido escapar del infierno de las llamas que devoró sus hogares en un santiamén. La rapidez con la que se propagó el incendio, que les sorprendió en la madrugada mientras dormían, solo les dejó la alternativa, para huir de las llamas, de saltar al vacío. Entre los afectados se cuentan hispanos, asiáticos  y afroamericanos, una diversidad multicultural unida, al margen de la tragedia, por una respon-sabilidad primaria: el cuidado de sus hijos, donde la familia es la institución central en la vida de sus vástagos. Lo importante de esa gran diversidad étnica es que se nos reveló como una ‘familia’ unida por la elección de valores comunes y no solo por consanguinidad. En el majestuoso panorama de la vida, la mayoría de las familias caminan compartiendo cromosomas; sin embargo, todas las familias, sin excepción, comparten compromisos, fortaleza de la gran familia humana. Es, pues, más sincero e impresio-nante observar familias unidas por elección que por una relación de sangre, como nos revelaron las familias damnificadas del incendio de Silver Spring.
A propósito de lo señalado, el papa Francisco, en su exhortación apostólica ‘Amoris laetitia’ (sobre el amor en la familia), destaca que “la familia no es un ideal abstracto, sino un ‘trabajo artesanal’, donde la Palabra de Dios se muestra como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino”. En la vida de la familia, donde cada uno pinta y escribe en la vida del otro, no hay, pues, una realidad perfecta y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar. Como fue la respuesta solidaria de la comunidad en general para con los damnificados, respuesta que es un lenguaje de la experiencia y un estímulo constante –en pala-bras del Papa– a que “¡ca-minemos como familias! Sin desesperarnos por nuestros límites, ni tampoco renunciar a buscar la plenitud del amor”.