La imagen de nuestra comunidad está, virtualmente, en manos de la segunda generación de hispanos en Estados Unidos, puntualizó hace más de una década un reporte de la Universidad Estatal de Arizona precisando, además, que “el poder de cambiar para siempre la imagen” de nuestra comunidad, en los próximos años, “está en manos de la segunda generación de hispanos”, población que para el 2020 –a la vuelta de la esquina– habrá crecido en un 62 por ciento frente a un crecimiento del 10 por ciento de los anglosajones. En realidad, las conclusiones a las que arribó el informe, desde el punto de vista numérico, no es ninguna sorpresa, por el contrario, la inferencia es lógica si consideramos que esa referida segunda generación supera con creces los 27 millones, como consecuencia del intenso flujo migratorio de países centroamericanos, entre otros, que se dio en las décadas de los ochenta y noventa. Las repercusiones de ese flujo migratorio son hoy cada vez más visibles en los grandes centros urbanos, donde la ‘hispanidad’ ha echado fuertes raíces en todos los aspectos de la vida cotidiana partiendo de los gustos culinarios, la música, los negocios, los deportes, el entretenimiento y su tan reclamada y necesaria fuerza laboral que algunos ilusos pretenden ignorar. 

El citado reporte destacaba entonces que esa nueva generación, además de “estar mejor preparada, no conoce ningún límite porque es completamente bilingüe”, como consecuencia de una mejor educación que les permite tener mayores aspiraciones de concluir una carrera universitaria. En suma, hay un gran deseo de superación que se hace evidente cuando observamos que hay cada vez más hispanos en puestos de relevancia. Si a esos deseos agregamos el hecho factual de que la ‘segunda generación’ de hispanos no olvida sus raíces y, sobre todo, valora la importancia de aprender más de un idioma, la combinación para el éxito parece estar magníficamente coronada. Para nosotros –en ese contexto– el cielo es el límite. 

Sin embargo, no debemos olvidar –ni por un segundo– que el futuro éxito de las nuevas generaciones se gesta o se está gestando, en estos precisos momentos, en las aulas y en los hogares de cada una de nuestras familias. Toda vez que todo lo que hagamos, o dejemos de hacer, hoy por nuestros hijos jugará un papel fundamental en el éxito o fracaso de su vida futura. Si el mañana es hoy, no debe preocuparnos, pues, cuánto nos cuesta la educación ahora, sino cuánto nos costará mañana si no invertimos hoy en educación. Si no lo hacemos el panorama se pondrá color de hormiga para nuestros chicos, porque las estadísticas del Gobierno federal –a pesar de ciertos avances– muestran que los estudiantes hispanos tienden a quedarse rezagados académicamente con respecto a sus compañeros de otras comunidades, particularmente en el área de lectura. Ese retraso tiene un impacto nefasto en el aprendizaje del resto de las materias escolares. Si consideramos esa cruda realidad, cómo es que podríamos inferir un éxito y cambio de imagen significativo en las próximas generaciones si la piedra angular de ese deseado triunfo no es más que un canto de sirena que se escucha, por doquier, cuando hay un manido y antojadizo uso de los números y las estadísticas.

La plena toma de conciencia de que el mañana es hoy implica la ineludible obligación de trabajar a brazo partido en todo lo que redunde en favor de la educación de nuestros hijos, haciendo todo lo posible para que no abandonen las aulas escolares y que, además, hagamos todos los esfuerzos necesarios para involucrarnos decididamente en su educación, que es lo único que –a la larga– hará posible el ansiado cambio que todos anhelamos.