LNo hay nada más hermoso que llevar un niño en brazos. Esa es la sensación o sentimientos que nos embargan cuando vemos a una madre o a un padre con su hijo/a en brazos. Imágenes sencillas que enseñan y transmiten el maravilloso poder del amor. Imágenes que hablan por sí mismas y que dicen más de lo que podría decirse en mil pa-labras. Imágenes que nos son familiares y que las experimentamos de primera mano en el seno familiar. Ese ícono de madre acude a nuestra mente cuando pensamos en la ahora Santa Teresa de Calcuta, a la que el mundo llamó siempre Madre Teresa, precisamente, por esa presencia maternal que transmitía a todos los que alguna vez tuvieron contacto con ella. Su santidad nos revela una parte vital de su manera de ser y que ha dejado perennizada en la orden que fundó, las Misio-neras de la Caridad. A todos nos enseñaron a temprana edad a ser solidarios con los más pobres, desde el punto de vista material, hasta que apareció ella para mostrarnos que la mayor pobreza de nuestro tiempo es el no ser querido, el no ser amado: un paria al que nadie quiere cuidar ni, mucho menos, estar en su presencia. Esa es la pobreza ‘moderna’ de la que ella cotidianamente hablaba, una pobreza material a la que se suma también una pobreza espiritual que sufren los rechazados y los no deseados. Esa pobreza, traducida en un abandono espiritual, fue el tipo de pobreza que la afligió a juzgar por las cartas y notas que dejó y que fueron compiladas en el libro ‘Come Be My Light’ (2007), editada por el padre Brian Kolodiejchuk. La mayoría de las cartas fueron preservadas por el padre jesuita Van Exem, quien fue director espiritual de la Madre Teresa.
Con su entrega enteriza a los más pobres de los pobres, la Santa Madre Teresa contra-rrestó esa pobreza espiritual disipando los momentos de oscuridad con esa ejemplar y hermosa muestra de amor maternal que mostraba a todos los que se acercaban a ella, como lo haría una buena madre. Parafraseando al padre jesuita James Martin: “Una santa rea-lista con los pies en la tierra, muy práctica, muy observadora”. Ella transmitía amor y esperanza a sus ‘hijos’ para que no se sientan literalmente abandonados. Cómo las madres de los campos de exterminio de Auschwitz –que narra Primo Levi– cuando se dan cuenta de que las van a matar, en el medio del caos y la desesperación, ellas siguieron atendiendo a sus hijos como si no pasara nada, siguieron lavando sus ropas y tendiéndolas en los alambres de púas. Esa trágica historia grafica ese doloroso y maravilloso re-chazo a las horas de oscuridad, al sufrimiento: ellas no lavaban la ropa de sus niños porque se les había ordenado, sino que “lo hacían para sentirse vivas, por dignidad y para decirles a sus hijos, lo que toda madre les dice: que nunca morirán”. El compromiso de esas madres con sus hijos tiene su símil en el compromiso maternal que mostró en vida de manera su-blime y ejemplar la Santa Madre Teresa de Calcuta para quien el peso de los niños es un peso que se transforma en gracia y amor, grata sensación que experimentamos cuando levantamos a un niño en brazos.
Una fábula judía dice que en cada época aparecen 36 justos que nadie les conoce y que viven confundidos con la gente común ‘cargando’ en silencio el compromiso de sostener el mundo con la fuerza de su mi-sericordia. Cuando ellos mueren están tan helados –por haber ‘cargado’ el sufrimiento de los demás– que Dios para infundirles un poco de calor tiene que cobijarles en sus manos por mil años. En un mundo donde tantos se autoproclaman justos conviene tener presente esta historia –donde ninguno de esos discretos justos sabe que lo es–  teniendo siempre en mente la paradigmática entrega por los más pobres de los pobres de la Santa Madre Teresa de Calcuta.