Las parroquias culturalmente diversas son las de más rapido cre-cimiento en Estados Unidos, según un reciente informe de CARA. Nada extraño si consi-deramos que, gracias a la inmigración, la Iglesia Católica en Estados Unidos tuvo el más grande crecimiento en toda su historia, verdad de perogrullo que el reporte confirma (ver págs. centrales). Vivimos en una sociedad multicultural y globa-lizada donde es imperativo   construir puentes de diálogos. Con una experiencia, pasada y presente, de vivir en diferentes culturas, somos los llamados a construir esos puentes. Hemos vivido y vivimos entre culturas. Somos el resultado de convivir con el 'otro' donde el respeto por su imagen se refleja en nuestra lengua: el singular y plural de la segunda persona en inglés es ‘you’, mientras que la segunda persona en español es ‘tú’ y su plural ‘nosotros’ (nos + otros) lo que equivaldría a decir ‘we’ + ‘others’. Convivencia única que refleja el respeto para comunicarse con los 'otros' al punto de incluirlo en nuestra lengua y que se expresa, también, en la diversidad y en la to-lerancia a las diferentes experiencias como la inclusión de culturas y fe en nuestra rica religiosidad popular.
Para tender esos puentes de diálogo, sin soslayar el tema moral de la inmigración, es importante tener  presente con mucha honra y orgullo quiénes somos y de dónde venimos, para que a la luz de nuestra fe y tradiciones cimentemos un mejor futuro para nuestros hijos, sin dejar de lado a los más necesitados, a las familias inmigrantes con quienes compartimos, no solo una historia común, sino también el compromiso fundacional de nuestra nación de igualdad y oportunidad, para todos. No se puede vivir en la hipocresía de ignorar y recibir –con una mano detrás– los aportes de los trabajadores indocumentados, mientras al frente –con la otra mano– se les rechaza y se les señala, con el dedo acusador, como chivos expiatorios de todos los males que aquejan al país. El silencio cómplice, en una nación orgullosa de su diversidad, de su pasado y presente –inmigrante por antonomasia– es un inaceptable engaño colectivo.
El actual contexto no es nuevo y se parece mucho a las viscisitudes que Herman Melville narra en ‘Moby Dick’ (1851), novela que relata la tra-vesía del barco ballenero ‘Pequod’ y de su capitán Ahab en su autodestructiva y obsesiva persecución de una gran ba-llena blanca llamada Moby-Dick. La tripulación tiene las más diversas nacionalidades      y razas, un microcosmo de   nuestro tiempo. Y los temas   que se abordan van desde el racismo, la homosexualidad, la religión, la venganza, el odio, el idealismo, la jerarquía, el pragmatismo, hasta la política. En 1850, la conquista del Oeste norteamericano fue incontenible, alimentada por la fiebre del oro descubierto en California. El ‘nuevo’ territorio norteamericano selló su futuro como nación bioceánica con la victoria en la guerra contra México, en 1848. Sin embargo, un problema seguía sin resolverse: la promesa de libertad      e igualdad para todos que los padres fundadores evadieron en su momento. Entonces el sur, más de la mitad del país,  dependía económicamente de la esclavitud.
Los problemas que hoy nos aquejan son una extensión de todas las promesas, problemas y conflictos del ayer, así como de los ideales que alumbraron la Revolución de 1776 y de los motivos de la Guerra Civil de 1861. Esas mismas fuerzas continúan impulsando la marcha del país al futuro. Moby-Dick pergeña una idea de la andadura que seguimos y donde podríamos considerarnos afortunados de vivir en una coyuntura donde las sociedades son más he-terogéneas y multiculturales –como la nuestra- y donde la globalización nos obliga a interactuar entre naciones, culturas, religiones y otras fronteras. Claro está que de nada sirve llenarse la boca hablando de igualdad de oportunidades cuando no se condice con la    realidad.

* De muchos, uno