La dignidad de la persona humana, la consecución del bien común, el principio de subsidiaridad y el llamado de solidaridad –principios morales en la que está enraizada la doctrina social de la Iglesia Católica– se renuevan y expanden –en cada época– para integrar nuevas realidades morales que surgen como consecuencia, por ejemplo, de la industrialización, secularización, globalización y el deterioro del medio ambiente. En ese contexto, nuestra fe católica reside en la convicción de que esos conceptos deben ser siempre morales en su naturaleza y deben servir para promover la justicia y la libertad en nuestra sociedad. Sin embargo, hoy, en la vida socio-política del país, tres fuerzas que no tienen una identidad moral se están convirtiendo en un peligroso mandato en nuestra vida nacional, afirmó el obispo Robert McElroy en la reciente conferencia anual sobre ‘Autonomía Errónea’, organizada por la Universidad Católica. La primera es la ‘soberanía de los mercados’. La segunda el paradigma tecnocrático que busca tener preeminencia sobre el medio ambiente y la cultura. La tercera, y la más preocupante, es el nacionalismo. A esas ‘fuerzas’ se les ha sustraído toda substancia moral para que operen autónomamente –sin ninguna ancla moral– como principios y modos de Gobierno en nuestra vida national.  

Las políticas públicas que buscan establecer y expandir agresivos mecanismos de mercado en la vida nacional están de regreso: la eliminación de restricciones para evitar que se repitan las grandes recesiones y el pillaje de la economía del país a través de la manipulación de los mercados, las soluciones del libre mercado para el cuidado de la salud de los pobres y ancianos vienen ganando tracción al igual que la reducción de los beneficios de los trabajadores y su derecho a organizarse y a negociar colectivamente. Es vital reconocer que los mecanismos del mercado juegan un papel fundamental en la generación de trabajo y el avance de la dignidad humana, una gran adición a la doctrina social de la Iglesia Católica, dejando claro que el libre mercado no constituye un primer principio de justicia económica, cuyo valor moral debe ser establecido por la sociedad y el Gobierno en aras del bien común.

El papa Francisco en su encíclica Laudato Si’ critica la manera como el paradigma tecnocrático reclama su total control sobre la Tierra para producir un progreso infinito para la humanidad. Mas, la miopía del paradigma tecnocrático reduce la compleja realidad de las personas y el universo a una mera instrumentalización y abstracción científica que en realidad amenaza a la Tierra misma y libera un rapaz apetito humano por materias primas.

En el eslogan ‘Make America great again’ subyace un sentimiento de desposeimiento y traición y llama a un ‘noble y verdadero’ sentimiento de patriotismo. Encierra también una nostalgia por ser una nación más homogénea. La suma de populismo y nacionalismo ha dado un nuevo poder al impulso nacionalista. La doctrina social de la Iglesia enseña que el el amor al país es una virtud. Juan Pablo II, en su momento, dirigiéndose a sus conciudadanos en medio de la opresión dijo:  “El amor a nuestro país nos une y debe unirnos por encima de nuestras diferencias. Y no tiene nada que ver con un estrecho nacionalismo o chauvinismo. Es el derecho del corazón humano. Es la medida de la nobleza humana”. En suma, el amor al país es una virtud y una obligación moral en la solidaridad. El impulso nacionalista no tiene identidad moral, puede apelar al patriotismo virtuoso que integra el amor al país a las obligaciones morales o puede enraizarse en el orgullo, en el aislamiento y la discriminación.

El actual contexto nacional nos conmina a prestar atención a las profundas manifestaciones políticas y culturales desencadenadas, en lugar de imponer ideologías y programas políticos. A estar alertas sobre las fuerzas culturales que reclaman legitimidad moral cuando en realidad son moralmente neutras y destructivas cuando se desconectan de un marco político-moral ligado al ordenamiento de la justicia, libertad  y solidaridad. El peligro no está en la estructura interna del libre mercado, la perspectiva tecnocrática o el nacionalismo, sino cuando ellos son moralmente autonómos y son mandatos de pensamiento cultural y política pública que es cuando son un peligro para el bienestar de la nación. Nuestra tarea –acotó el obispo McElroy– es cómo reconectar esas corrientes culturales a sólidas anclas morales.