Creo que a nadie le es ajeno la inestabilidad sociopolítica de nuestro entorno y que, por lo general, la primera premisa que enfrentamos en medio del caos que amenaza con destrozar todo a su paso es reconocer que, en tiempos de ‘cambios radicales’, es necesario evaluar sus consecuencias no solo en términos positivos, sino también con el terrible e ineludible ‘peso’ de tener que decidir. Siempre que hay una crisis y cunde el caos, hay una normal y espontánea tendencia a buscar el equilibrio, una especie de equilibrio perdido. Mas, la cruda realidad, más allá de buscar una armonía ideal, nos interpela, más bien, a tener que decidir. Vale decir, a decidir lo que queremos, amén de luchar y pelear por lo que se quiere. Queda claro, pues, que tenemos que decidir todo, hasta el tipo de estabilidad que queremos. Al final de cuentas, todo es una cuestión de toma de decisiones. El tipo de sociedad en que queremos vivir es nuestra decisión. Creo, por ejemplo, que a ninguno de nosotros le gustaría vivir en una sociedad donde la ‘objetivación’ o ‘cosificación’ de las mujeres necesite ser debatido. Porque, qué clase de sociedad es esa donde esos valores necesiten ser debatidos. A todos nos gustaría vivir en una sociedad donde no haya un ápice de duda de que la sola idea de la violación de las mujeres es completamente aborrecible y demencial. Lo mismo se aplica a la esclavitud, al racismo, los estereotipos y prejuicios.

Los tiempos difíciles nos aproximan a decisiones difíciles de las que nadie puede sustraerse. Más temprano que tarde, tendremos que decidir. En medio de la tormenta, algunas veces se pierden los parámetros y no sabemos dónde estamos, ni lo que está pasando más allá de nuestras narices. Por eso es que los principios y valores son tan -vitales como  la brújula y el compás que en medio de la borrasca nos ayudan a llegar sanos y salvos a buen puerto. Vivimos tiempos muy interesantes y con grandes peligros, mas también con grandes esperanzas. Decir que las cosas negativas que pasan a nuestro alrededor –y no las ‘castiga-mos’– no es ‘culpa’ nuestra, no es nuestra responsabilidad, es una falacia, toda vez que nuestra inercia o inacción es un tácito apoyo, consciente o inconscientemente, al establishment.   

A todo lo dicho, nuestros hijos tienen el sempiterno y difícil reto de cómo combinar una profesión con un propósito de vida. No podemos tener, por un lado, individuos conscientes de los peligros y retos de nuestro tiempo y, por el otro, personas que solo se ocupan de sus profesiones y son indiferentes a los problemas que nos aquejan.  Hablemos por eso de esperanzas, que nacen de la incertidumbre y el peligro, porque hoy es más importante que nunca –especialmente para los jóvenes– estar conscientes de lo que está en juego en nuestra sociedad, sobre todo, el tipo de sociedad y país que queremos. El próximo martes 8 de noviembre tendremos la oportunidad de expresar nuestra voz y presencia a través del voto, una obligación moral que empieza con informarse a consciencia para emitir un voto responsable. No olvidemos que todos somos corresponsables de los gobernantes que elegimos y,  en cierta medida, de sus gestiones, razón de más para acudir a las urnas el día de los comicios generales. No hacerlo sería no hacer nada por el Bien Común que es y será siempre una lucha común por la libertad, sin perder de pers-pectiva que el primer paso hacia la libertad es ser consciente de la situación de injusticia y desigualdad de nuestro entorno.