Un adagio beduino dice que “el alma viaja al paso de un camello”. Ese ‘paso’, con la velocidad que hoy viajamos se ha alterado, como nunca antes, donde prácticamente no existen ‘puntos de referencia’ en el transporte per se. Cuando viajamos por vía aérea, la mayor de las veces, pasa desapercibido el cómo esa veloz manera de viajar ha cambiado significativamente nuestra conexión con los espacios que cruzamos. Nuestra relación con la tierra firme se ha reducido a un mero transporte que reduce nuestra atención a todo lo que hay entre el punto de partida y el de llegada. Hoy la velocidad lo es todo. Nadie usa, por ejemplo, el metro porque tenga un ambiente agradable o placentero, lo usamos simple y llanamente por su velocidad. La belleza y cualidades de las comunidades y vecindarios que pasamos se vuelven amorfos, en lugares grises e indefinidos, donde el mejor viaje bien podría tipificarse como un viaje sin incidentes.

Nuestros niños viven y crecen en un mundo velocísimo e inestable, en uno de los contextos más mensurables y digita-lizados de la historia, donde la brecha entre pobres y ricos se ensancha rápidamente. En ese orden socio-económico, la revolución tecnológica y de la informática trajo consigo cambios inevitables: la automatización y la globalización que dejó ganadores y perdedores. Estos últimos vieron cómo sus empleos se hacían obsoletos y desaparecían, fenómeno en curso que sentencia a muchos otros empleos a ser en el futuro cercano obsoletos. La progresión geométrica de los cambios alteran también el ‘paso’ de nuestro viaje haciendo amorfo todo lo que nos rodea, uniformizando todo y exacerbando un individualismo donde hay que competir por los ‘recursos escasos’ (homo economicus). Ergo, todo lo malo que nos pasa es culpa de otros. Las promesas populistas de purificar la política y el Gobierno buscando chivos expiatorios –en lugar de buscar la convergencia y la unidad–, al tiempo de prometer ‘hacer algo’ expeditivamente –otra vez la velocidad– para mitigar los miedos de los ciudadanos que enfrentan un mundo en cambio, han dan paso a un nativismo y a una ola antiinmigrante que poco bien hacen al país que encierra el gran peligro: cuando lo que es falso es verdadero, lo que es verdadero es falso.

Cuando nos olvidamos del prójimo, del otro, y nos esmeramos solamente en ver y compartir inmediatamente nuestra ‘realidad’ sesgada a través de ‘tweets’ o ‘selfies’ somos negligentes en vivir nuestras vidas, amén de manipular la de otros.  Al igual que el ‘viaje’ pasamos por alto el encuentro directo con el mundo real convirtiéndolo en meros ‘tokens’ de memoria compartible sin analizarla o fruirla. Una memoria prostética, donde rendimos nuestro derecho de ‘ver’ y ‘conocer’. Allí no hay presente, solo el pasado de lo que ha sido formulado y visto. Y el futuro de lo que ha sido formulado y no visto. El presente se rinde, pues, al pasado y al futuro. Cuando leemos el ‘tweet’ o vemos el ‘selfie’ nunca leemos o vemos la verosimilitud del mismo porque estamos muy ocupados viéndolos –fallamos  en estar en un verdadero contacto con el mundo– y terminan por ‘reemplazar’ nuestra memoria. ‘Estar en el momento’ es un consejo tan inveterado como la doctrina social de la Iglesia en favor de los más vulnerables. La Iglesia que ‘está en el momento’ –como el hospital de campaña– no crece por proselitismo, sino por atracción y tiene que salir a curar heridas como el Buen Samaritano.